Encontrándonos con nuestro femenino » Las medicinas biológicas conspirando para la recuperación de nuestro femenino

Última actualización: 16/06/2009

Las Medicinas Biológicas Conspirando para la

Recuperación de Nuestro Femenino  

Acercarse a las Medicinas Biológicas como terapeutas o como pacientes implica asumir la posibilidad de descubrir un mundo diferente al conocido, y de participar en la construcción de otra manera de relacionarnos con él. Creer que es posible otro mundo y desearlo, pudiera ser un muy buen comienzo para este camino que requiere, por sobre todas las cosas, conciencia y corazón.
 
Podemos pasar de una opción terapéutica a otra, utilizar sus técnicas, repetir sus términos y ponernos su ropaje, sin entender en ningún momento su significado, y sin darnos cuenta de la oportunidad que estos caminos nos ofrecen. Oportunidad de encontrarnos con nuestro propio sentido, de aproximarnos a nuestra esencia y de cuestionar nuestro hacer, y nuestra manera de pensar y de sentir, para, en ese camino, ser lo que realmente deseamos, estar donde mejor nos sintamos y decir lo que en verdad creemos.
 
Poner una aguja, dar un glóbulo, tocar una piel o hasta formular una pastilla, pueden ser actos de libertad y de conciencia, hermosas maneras de comprometernos con la vida y el Universo del que somos parte, formas de movernos en el mundo que nos dispongan a la coherencia. Para ello es indispensable entender cuál es la racionalidad que expresa cada camino, y cuál es la manera de relacionarnos que propone y que permite.
 
La racionalidad de la que forma parte la medicina ortodoxa o facultativa, hegemónica para nuestra sociedad, es la del Patriarcado. El Patriarcado es el complejo sistema de creencias y costumbres que los seres humanos de esta época aceptamos y promovemos, sin que, en general y misteriosamente, nos demos por enterados. Es una manera de nombrar el color de los lentes a través de los cuales miramos el mundo.
 
El Patriarcado es el modelo que hace que para nosotros sea obvio que tener dinero es un requisito indispensable para vivir; que no se nos ocurran papeles diferentes a los de ser dominadores o dominados; que creamos que para llegar a cualquier lugar hay que competir y quitarle el puesto a otro; que pensemos que es más importante tener cosas que capacidades y que las capacidades importantes son las que nos sirven para tener cosas; que estemos convencidos que el sentido de la naturaleza es la existencia del hombre, el cual tiene como misión someterla para lograr lo que desea; y que creamos que todo tiene un precio, que todo se puede cambiar, acumular, comparar, medir, dividir y reemplazar.
 
Mecanicismo, Positivismo, Antropocentrismo y Capitalismo, son otras maneras de nombrar y de entender este modelo de vida del que participamos, en el que la guerra es la única solución posible y en el que el consumo es lo único deseable. Una lógica que nos hace autómatas porque las relaciones que promueve son mecánicas, en las que se intercambian emociones controladas, compradas y postizas. Nos aferramos a rutinas que no nos dejan darnos cuenta de nuestros propios deseos. Vidas predecibles, modelos de cómo ser, caminos ya conocidos; sin vernos, sentirnos, ni vivirnos. Afortunadamente esta racionalidad tiene una historia y no es una característica intrínseca de la humanidad; porque somos mucho más de lo que se ve como obvio y porque somos más de lo que aparentamos ser.
 
Uno de los pilares principales que sostienen esta racionalidad es la lógica binaria, es decir, la que hace que todo lo veamos como oposiciones irreconciliables, a dos tonos y en dos extremos. Es la lógica que mantiene y justifica la eliminación de unos para que dominen sus contrarios. Permite que la norma sea excluir, negar o suprimir al que está en el lado opuesto del que decide cual es el término principal o cual es el modelo esperado. De esta manera se excluye al indio, al negro, al pobre, a la mujer, al niño, al viejo, al discapacitado, porque son diferentes (al hombre blanco, rico y productivo), lo que traducido al lenguaje patriarcal, significa oponente o enemigo. 
 
Aristóteles lo expresó así: “Es imposible que una misma cosa simultáneamente pertenezca y no pertenezca a la misma cosa y en el mismo sentido, sin perjuicio de otras determinaciones que podrían agregarse para enfrentar las objeciones lógicas. Este es, entonces, el más cierto de todos los principios”. Este es el lente a través del cual vemos la vida, el que nos hace darle determinados significados a las palabras para que encajen en el orden de la lógica imperante; y en este dar y dar significados, vamos distorsionamos sentidos que en algunos casos, vistos con otros lentes, llegan a la ridiculez.
 
Por ejemplo, como desde esta lógica, una misma cosa no puede ser igual y diferente a la vez, porque igualdad es identidad en oposición a diferencia, hemos terminado olvidando lo que nos une a todos los seres de la naturaleza, lo que nos hace iguales, al mismo tiempo que negamos la singularidad que nos diferencia. Es decir, que ni unidos ni separados, ya no sabemos ni que somos. Otro ejemplo, como dar y entregarse a otro significa renunciar y sacrificarse, en oposición a recibir y autoafirmarse, el amor se volvió sometimiento, y se nos fue haciendo inconcebible amarnos a nosotros mismos y amar a los otros simultáneamente; o nos despedazamos por el egoísmo, o nos perdemos por la sumisión; siendo que la única posibilidad real de amar a otro es desde la autonomía.
 
Y ahí hemos ido, negando a otros e incluso negando partes de nosotros mismos, como la enfermedad y la muerte, porque las opusimos a la salud y a la vida, como las tristezas y las crisis, porque las asumimos como contrarias a la felicidad. Así también podemos verlo en conceptos como orden y caos, objetividad y subjetividad, permanecer y transformarse, afuera y adentro, humano y divino, mecánico y complejo, político y personal... Sobran ejemplos, lo que hacen falta son espíritus creativos y libres para comprender la relación entre lo que hemos creído contradictorio, para dar nuevos significados a las palabras, para reinventarnos el mundo.
 
Recordar que la oposición es una categoría de la mente humana y no un elemento de la realidad, es un alivio. La lógica binaria que tan orgullosamente ha impulsado el patriarcado, la ciencia y la medicina hegemónica, es una limitación de nuestra manera de percibir y no una característica de la vida. Lo natural es la ambigüedad, y esto, lo hemos sabido desde siempre:  
 
“Nos bañamos en el mismo río y sin embargo no es el mismo,
somos nosotros y no somos nosotros”,
 “El Tao en su curso regular no hace nada y por lo tanto no hay nada que no haga” Lao Tse
 
 “En la oscuridad existe la luz, no miréis con ojos oscuros.
En la luz existe la oscuridad, no miréis con ojos luminosos” 
Zen
 
Hay una dualidad que sintetiza la lógica del patriarcado y que contiene todas las oposiciones, un par de opuestos que son claves para entender lo que estamos siendo y para construir lo que queremos ser. Se trata de lo femenino y lo masculino, dos fuerzas malinterpretadas por esta racionalidad que decidió someter lo primero a lo segundo. Aunque la situación de la mujer en nuestra sociedad, expresa en gran medida esta lógica, no la agota; lo que se está negando es parte de lo que somos tanto hombres como mujeres, ambos salimos mal librados en esta batalla.   
 
En la exclusión de lo femenino convergen todas las exclusiones; al dejar de vivirlo, nos hemos negado la dicha de sentirnos parte del Universo, nos hemos perdido de la emoción de vernos en los atardeceres, en la luna y en la lluvia, y hemos cedido la bendición de sentir que nos enredamos y diluimos en los otros. Se nos ha ido como agua por entre los dedos la sacralidad de nuestro propio cuerpo, la cambiamos por la frialdad de un cuerpo sin sentido, sin secretos y sin magia; la vendimos por un costal de normas que aparentan seguridad, con las que creemos que nos libramos de los desafíos y de las incertidumbres, y nos hemos terminamos librando hasta de la vida misma.
 
El camino hacia otro mundo posible implica redescubrir lo femenino, saldar el abismo con el que lo hemos separado de lo masculino, y así reconciliarnos con la naturaleza. Este es el “sentido común” de las Medicinas Biológicas, compartido y aprendido de sabidurías como las de nuestros indígenas. Su invitación es a recuperar lo natural, pero desde las profundidades del alma, no sólo como técnicas que reemplazan los químicos de la ortodoxia, para “no hacer tanto daño”, sino como una “nueva” ética de vida que nos devuelva la comunión con lo que somos, y con el Universo que se manifiesta en nuestro propio cuerpo.
 
Conectarnos con la naturaleza significa dignificarnos, devolverle al ser humano la autonomía perdida en este viaje absurdo hacia la dependencia y la dominación. Se trata de saber de la vida por nosotros mismos, no sólo porque otros nos la cuenten; y de apropiarnos nuevamente de nuestros sueños, alegrías, necesidades, preocupaciones y motivaciones. Es necesario hacer de la propia biografía la principal bibliografía de nuestras creencias y discursos; y decidir por nosotros mismos qué es lo importante, por qué vale la pena despertar en las mañanas, qué buscamos, cómo, y para qué. 
 
Se trata de vivir intensamente desde la autenticidad de nuestros sentimientos; ya no mas risas fingidas ni lágrimas a la fuerza, necesitamos carcajadas y llantos que nazcan de nuestras entrañas, de lo más profundo del Universo. Vidas auténticas, cuerpos auténticos, mujeres y hombres decidiendo por sí mismos quienes y cómo son; seres humanos concientes, que por saber lo que sienten no necesitan normas que los reemplacen. Creo que eso es lo verdaderamente “alternativo”. 
 
En el espacio sublime de la relación con nuestros cuerpos, la racionalidad patriarcal ha establecido (sin respeto ni vergüenza) unos supuestos que se expresan en el hacer de la medicina ortodoxa y que determinan en gran medida nuestra cotidianidad. Estos supuestos son alimentados por el mismo modelo médico que justifican y por las inercias de nuestra humanidad. La manera como nos hemos acostumbrado a relacionarnos con nuestros cuerpos se manifiesta en la forma como concebimos y vivimos la relación con los otros, con la naturaleza, con nosotros mismos y con Dios; en lo que soñamos, en lo que tememos, en cómo nos vemos, es decir, en la forma como nos movemos y sentimos en el mundo.
 
Uno de estos supuestos es que “el cuerpo no puede”, que otros pueden por él, otros como el médico, la bacteria, la pastilla o la aguja. Es decir, que fuerzas ajenas a él lo enferman o lo curan, lo salvan o lo matan, o sea que irremediablemente, el cuerpo depende de “otros”. Así como en la vida, solemos creer que nuestra felicidad, nuestra desgracia y nuestro futuro dependen de otros; que sólo somos en función de ser complemento de otros, que no somos suficientes por sí mismos, que carecemos siempre de algo que está por fuera de nosotros: dogmas, partidos, maestros, parejas, hijos, títulos, propiedades...; satisfactores oportunistas para necesidades ficticias. Es paradójico cómo esta lógica de la dependencia nos termina alejando tanto de la posibilidad de encontrarnos realmente con los otros; entre más intensa es la dependencia, mayor es la distancia.
 
Sólo en la medida en que reconocemos nuestros dones, nuestra esencia que incluye lo femenino, esa Vida que puede y sabe en nuestros cuerpos, nos damos cuenta de lo que somos, y de cuánto podemos; el reconocimiento de si mismos es lo que nos aproxima a los otros hasta la borrosidad. La ciencia, en su emocionada carrera de descubrir lo que nuestro corazón siempre ha sabido y lo que ha sido ya expresado por las sabidurías ancestrales, reconoce este poder con el concepto de auto-eco-organización: la capacidad de cada organismo de encontrar su propio orden, en conexión permanente e íntima con el Todo. “Tremenda y deslumbrante la aurora me mataría si yo no llevase ahora y siempre otra aurora dentro de mí” (Whitman).
 
Otro supuesto tan contundente como el anterior y en relación directa con éste, es que “el cuerpo no se conoce a sí mismo”, que lo conocen otros desde afuera, que se conoce sólo desde la razón, es decir desde la división del conocimiento en disciplinas. Según este supuesto el cuerpo sólo se conoce partiéndolo en pedazos, y como ya despedazado deja de ser, terminamos conociendo nada. A veces es tan angustioso y triste ver lo difícil que nos resulta hablar de nuestros propios cuerpos; como si no los habitáramos, ni los percibiéramos, ni les creyéramos; y como no se conocen, no se aman.
 
Y así en la vida, somos ajenos a nosotros mismos, la única opción posible es el consumismo, porque no sabemos lo que necesitamos, lo saben otros, y además, lo que necesitamos está por fuera de nosotros que para colmo, se puede comprar. Entonces se supone que el reconocimiento está por fuera, que todo tiene un premio y un castigo, y que hemos de procurar el premio y temer el castigo. Así quien se anima a vivir.
 
Pero una y otra vez, hay una mirada que nos devuelve la esperanza y la emoción: nuestro cuerpo es sabiduría en sí mismo, eso es conectarnos con nuestro femenino que es el conocimiento que nos une, la “racionalidad inherente” a la vida. Escuchar y hacerle caso a esa vos de nuestro corazón que es la del Universo, intuir, presentir, sospechar... Volver los ojos a lo subjetivo: eso que yo, y solamente yo se, que no se puede medir ni comparar, y a veces ni decir, que hace que todo sea tan absolutamente personal, tan mío, tan del Universo. Para que así, con una mirada desde lo femenino, podamos reinventarnos conceptos como el de la salud, el cual podría ser: la capacidad de “danzar y crear nuestros propios diseños, tejer nuestros caminos, escribir nuestros poemas, cantar nuestras historias, pintar nuestra belleza y dar vida”.
 
Y entonces descubrimos que el único conocimiento real es el del amor, es decir el de la unión, el que no implica ni permite la disección, porque lo que se conoce son las relaciones y no las partes, y como las relaciones son sentido y universalidad, conocer implica y requiere conocerme. El conocimiento limitado al pensamiento es sólo un paso preliminar, necesario, pero inútil si se queda ahí. Además, saber, no es tener respuestas, saber es tener preguntas, y más aun, saber es tener ganas de preguntar, y esas ganas nacen de adentro; deseos inaguantables de saber de mí, de saberme, de sentirme. 
 
Un tercer supuesto es que “el cuerpo es para ser comparado y medido”, comparado con modelos preestablecidos, normalidades arbitrarias y totalmente ajenas a sus propios procesos. Estar sano para el modelo biomédico es igualarse a una cosa inventada desde la lógica patriarcal, a una perfección artificial, muerta, vacía de sentido, magia y creatividad. Y así en la vida, sólo somos felices si nos parecemos al modelo, a lo esperado, a lo aceptado; aceptado por otros, porque nosotros mismos somos incapaces de aceptamos en nuestra singularidad, mucho menos de amarnos.
 
Ya a estas alturas es muy difícil saber cómo fue que de ser espíritu pasamos a ser objetos de manipulaciones, comparaciones y controles. ¿En qué momento nuestro cuerpo dejó de ser nuestro?, ¿cómo se nos ocurrió calificar de feo, y en consecuencia de patológico, los rastros que el viento y el sol van dejando en nuestra piel, las huellas del tiempo que son las de los aprendizajes invaluables de nuestra existencia, las memorias de nuestras transformaciones sagradas, los recuerdos de haber vivido? Hemos dejado de vernos directamente, para vernos sólo a través de cuadrículas y modelos impuestos con los que sin compasión marcamos nuestros cuerpos.
 
Por andar comparándonos, rechazamos el empeño sabio de nuestras carnes y de nuestras emociones por manifestarse. Encadenamos nuestras manos para no hacer, nuestros pies para no ir, nuestra boca para no decir, porque lo que somos no se parece a lo esperado. Entonces preferimos acomodamos, ceñirnos a las reglas, sumirnos, apretarnos, empinarnos, cohibirnos, posar y posar para parecer; para ganarnos el tan ansiado reconocimiento de “otros”. No importa que por dentro otras cosa queramos ser; cerramos los ojos para no ver el desastre, como si por no verlo no estuviera ocurriendo, y entonces hacemos “como si” estuviéramos felices y “como si” estuviéramos de acuerdo; parece que fuera más fácil “vivir como sí”, que simplemente vivir.
   
Si fuéramos cada uno en su camino, tocando con tranquilidad nuestra piel, sintiendo con libertad nuestros movimientos, percibiendo con frescura nuestros sonidos, olores y colores, permitiríamos que surgiera la gratitud y la alegría de ser, esa certeza de suficiencia que nos da la fuerza necesaria para encontrarnos y abrazarnos con otros, y la ligereza precisa para volar en compañía. Eso, también es para mí vivir nuestro femenino en la integralidad de nuestro ser, y lo pienso, no por experiencia propia, sino por el deseo intenso de vivirlo así.
 
Otro de los supuestos impuestos por el patriarcado sobre nuestros cuerpos, es que “el cuerpo es una cosa útil”, que su propósito es producir, y que es un medio para lograr un fin; fines como procrear, trabajar, cargar cosas, modelar ropa, vender, venderse.... Se trata de que no tenga dolores, ni cansancios ni tristezas, con tal de que siga “activo”, no interesa como, porque desde esta lógica lo que se busca es un resultado, no importa el camino que se recorra. Sanar, desde la lógica del patriarcado, es ese resultado que se puede comprar, el cual es medido en términos de productividad.
 
Así en la vida, nos valoramos sólo por lo que producimos, llenándonos de responsabilidades ajenas y de culpas, y cambiando nuestros deseos por obligaciones. Lo que importa es lo práctico, lo que se sabe de antemano para qué es; lo que es insignificante es lo no productivo (o lo productivo por fuera de lo establecido), como el arte, el amor, la contemplación de la naturaleza, el juego, las charlas...
 
Para superar este supuesto, nos encontramos con uno de los dones de lo femenino, que es el reconocimiento de lo simbólico, es decir de la capacidad humana de ver que todo tiene un significado, de saber que todo nos habla de algo, que nuestro cuerpo vale independientemente de que no cumpla con las funciones que le imponemos, que nuestro cuerpo es sagrado, divino y sublime. Y en esa medida, entendemos los procesos como propósitos en sí mismos. Con esta luz de lo femenino nos damos cuenta que los “para qué” son una emergencia del caminar, no requisitos ni justificaciones previas; y que sólo sabemos de ellos cuando miramos hacia atrás, y entonces, surge el asombro, el aprendizaje y, nuevamente, la gratitud.
 
El siguiente supuesto es muy representativo de la lógica mecanicista y patriarcal: “el cuerpo se puede y se debe controlar”, todo en él se puede manipular a nuestro antojo y se puede predecir. Creemos en un control ejercido por “los que saben”, que son quienes se comportan como si fueran dueños de un conocimiento fragmentado, y creemos en un control desde lo tecnológico, es decir que desconoce la sabiduría natural que trasciende la razón y las posibilidades humanas. Esta lógica aprieta cada vez más las cadenas que nos atan, y absurdamente todos nos apegamos más a ellas y a su aparente inevitabilidad.
 
Y en la vida es así, nos embarcamos en una búsqueda obsesiva de seguridades creyendo tener el control de una vida que ni siquiera conocemos. Nos inventamos mapas del camino a seguir, programamos nuestros pasos, decisiones y hasta emociones, y nos perdemos en espejismos que por puro miedo no nos dejan ver la vida y sus milagros. Es decir que para no tener miedo, nos llenamos de más miedo, aquí hay otra paradoja. Todo esto empujado por la soberbia del antropocentrismo: el hombre que se cree ombligo de un mundo que concibe muerto, en el que no hay ningún misterio, porque todo lo sabemos y todo lo podemos, cuando en realidad no sabemos ni podemos nada. Las instituciones son el espacio donde se recrea esta lógica, dentro de ellas las normas reemplazan lo espontáneo o lo que nace con naturalidad. Por cumplir con las obligaciones dejamos de complacer las necesidades del alma y de procurarnos momentos eternos, confundiendo la responsabilidad hacia la institución, con el compromiso con la vida.
 
Lo femenino es saber de la incertidumbre y de lo impredecible, es aceptar no poseer el control de un ritmo que nos trasciende, y saber que entregarnos a él es justamente lo que nos da el poder de formar parte del Todo. Asumimos así una incertidumbre que nos dispone a la esperanza, y entonces nos entregamos, no para despojarnos de nosotros mismos, sino para confiar en el amor de la Vida que nos pertenece y que se expresa en nuestro propio cuerpo. Se trata de ser en libertad, de vivir lo que va emergiendo, de dejarnos llevar por el corazón y de bailar con la vida, un baile que no está determinado de antemano. Cada instante contiene una miríada de mundos posibles, es decir, que el futuro no está en el presente y que hoy soy una sorpresa para mi pasado, que soy una vida que emerge. Para poder controlar, le hemos puesto a la vida un comienzo y un fin, y la vida no es así. “Nunca hay un momento en el que puedas decir: he trabajado mucho y mañana es domingo. Tan pronto como terminas, vuelves a empezar. Puedes dejar a un lado la tela diciendo que ya no la tocas más, pero nunca puedes poner la palabra fin” (Picasso)
 
También está el supuesto de que “el cuerpo no incluye la enfermedad ni la muerte”, y este es tan grave como los anteriores. No aceptamos las transformaciones, y nos perdemos en la búsqueda de estabilidades: cuerpos “perfectos”, habitados por seres “perfectos”, que se avergüenzan de sí mismos, y que no quieren aprender ni vivir. Y para eso, medicamentos, agujas o pases que quitan el dolor y las inflamaciones; de la misma manera que mentiras, máscaras o mercancías que quitan las depresiones y las angustias. Sin permitir que se vivan los procesos ni se exploren las diversas posibilidades del alma; lo que nos lleva a cerrarle el paso a la esperanza y al descubrimiento de todo lo que podemos hacer. Y aquí va otra paradoja (de esta lógica que niega lo paradójico): al negar las sombras nos arrojamos a las más profundas oscuridades quedándonos sólo con la desesperanza.
 
Lo femenino es ver la luz de la oscuridad. Nuestra naturaleza cíclica es la más hermosa evidencia del ritmo del Universo en nosotros mismos; ese morir y vivir, soltar y retomar en un continuo vital, que nos mantiene atentos a los viajes sagrados que hemos de recorrer: enfermedades, despedidas, miedos; momentos de caos necesarios para la emergencia de nuevos órdenes. Sabemos que es posible relacionarnos con ellos de otra manera, no desde la tragedia y el sufrimiento, sino desde la esperanza y la gratitud. Entendemos que el poder para destruir y el poder para crear son una única fuerza, ya que ellas habitan en nuestro interior; nos aceptamos en la ambigüedad. Justamente con la experiencia de nuestro cuerpo, es como podemos reconocer que los desafíos son inherentes a la vida, reconciliándonos con los momentos de crisis, porque sabemos que en ellos el aprendizaje florece.
 
Un último supuesto de esta lógica patriarcal, es que “el cuerpo es individual y está aislado”. Como si el cuerpo fuera una cosa que tiene límites y que se puede disecar e independizar de los otros cuerpos y del Universo; como si hubiéramos olvidado que somos Universo y que por lo tanto es imposible estar por fuera de él y de los otros. Y aparece entonces el don femenino de la integración; el poder espiritual que otorga sentido al universo y a todos los elementos que lo conforman. El “intersomos” que significa ser en y con los demás; hacernos los unos a los otros, todos al mismo tiempo, incluyéndonos a la nube, las estrellas, las hormigas, la tierra.... Pudiera ser una manera de aproximarnos a lo que para muchos es Dios, sabiendo que las palabras se desvanecen ante la imposibilidad de definirlo.
  
Redescubrimos formas como los espirales y fractales en todo nuestro cuerpo que nos hablan del lenguaje que compartimos con la naturaleza; y nos damos cuenta de otras evidencias de lo absurdo de las fragmentaciones y los límites, como cuando nos estremecemos frente a otro, sin ni siquiera tocarlo. Es así como la desolación de la desesperanza y del egoísmo que plantea el patriarcado se transforma en la soledad sabia y profunda que nos integra y nos engrandece, de la misma manera como las especializaciones de las disciplinas y la fragmentación del conocimiento, se convierten en posibilidades como la transdisciplinariedad.   La capacidad de auto-organización implica un “sentido”, una sabiduría interna que no es individual, porque nuestro cuerpo es la experiencia más universal y espiritual que poseemos, es lo más divino y lo más sagrado, es lo más propio y lo más simbólico, es la conexión más perfecta con el Universo y con el Todo. “Me celebro y me canto a mí mismo. Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti, porque lo que yo tengo lo tienes tú y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.”   (Whitman).
 
La propuesta que aquí se presenta, se trata de poner en cuestión nada menos que los fundamentos de nuestra manera de pensar y de sentir, porque parece ser que el mundo al que nos hemos acomodado y acostumbrado no es realmente el que queremos, y que lo que esta sociedad está siendo no es lo más adecuado para las mujeres ni para los hombres. Y al intentar construir otros mundos posibles, vamos aprendiendo que no hay necesidad de perdernos en sectas o partidos que reemplacen el deseo de estar juntos o separados; ni de maestros ni de dogmas que nos ahorren el esfuerzo y el derecho de tomar nuestras propias decisiones y de asumir nuestras creencias; ni de técnicas y normas que suplanten nuestro propio pensar y sentir.
 
El encuentro con lo femenino nos está regalando más motivos para creer en la existencia de otras maneras de relacionarnos con la vida, y nos está ayudando a estar dispuestos para que cuando ellas nos encuentren, estemos tan esperanzados y felices como se requiere.   Para mí la gracia de aproximarnos a lo femenino e intentar descifrar sus significados y dones, es que nos impulsa a volver los ojos a lo personal. Lo femenino es un puente mágico que nos facilita trascender del discurso a la cotidianidad, enriqueciendo con la intimidad el devenir de las medicinas biológicas, y dándole así el verdadero sentido a sus explicaciones filosóficas y científicas.
 
Vivir las medicinas biológicas de esta manera, es asumirlas como un gesto del alma suspendido en el aire, un gesto que nos abre las ventanas a la posibilidad de ser nosotros mismos desde nuestra esencia, desde nuestra forma de abrazarnos y de caminar, espiando nuestros sentimientos, sueños y temores, no con los ojos inquisitivos del juez sino con la mirada contemplativa del amante. Y así nos podemos encontrar en esta búsqueda emocionante y vital, para descubrir que “el eje del Universo descansa sobre una canción, no sobre una ley”, como lo dice el poeta...
 
 
 
SANDRA ISABEL PAYAN GOMEZ
  
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