Cuentos » El Vuelo de Haroldo - Carlos Cristian Italiano

Última actualización: 12/02/2010

 

 
El Vuelo de Haroldo
 
Carlos Cristian Italiano
criselferroviario@gmail.com
 
 
 
 
“Creo que aprovechó para su fuga
una migración de pájaros salvajes.”
 
 
 
       Caminaba de vuelta a casa por la avenida del Sol. Aunque el nombre planetario de la calle hace pensar en una ampulosa denominación turística, la verdad es que esta amplia avenida que sube en dirección de la sierra parece un largo pasillo de sorpresas, sobre todo a la noche. Las estrellas suelen poder contemplarse en todo su trayecto por no estar muy iluminada. Todavía aparecen, por sectores, jóvenes y viejos espinillos en terrenos baldíos y se escuchan los grillos, tan repentinos, como las luces de las casas o los negocios que de pronto dan iluminación por pocos metros a la predominante oscuridad. Por la mano de la vieja escuela 65 se llega al fastuoso Casino nuevo y,  frente a ella, en la otra vereda, sale una callecita oscura que va al estrecho boulevard que da al hotel Piscu-Yaco. Más arriba, la estación EG3, junto con el Casino nuevo, en el cruce con otra avenida, dan a la avenida del Sol un aspecto de modernidad, luminosa, propia del turismo, que luego retoma su aspecto de pasillo de sorpresas, siempre caminando hacia arriba, donde el inconfundible aroma de lo natural reaparece. Al terminar, luego de veinte cuadras, se forma un cruce de avenidas; un camino va hacia el norte, otro al sur y otro alcanza hasta el pie de la sierra, y las casas, en esos lados, están rodeadas de encantadores árboles nativos.  Es un recorrido un tanto largo para hacer si una camina sintiéndose sola y, particularmente, nostálgica.
       Pero algo distinto estaría por ocurrir esta vez, porque ni bien andar la avenida tuve como unas extrañas percepciones. En esa larga caminata nocturna las cosas no son lo mismo que a la luz del día, y lo que se ve aparece sin previo aviso. Aún lo conocido toma  cualidades diferentes, novedosas; como lo es en la realidad: algo mucho más vivo pero que la costumbre y las actividades rutinarias disimulan. Esas cosas me pasaban.  Y además,que la nostalgia me salió al encuentro y se llegó con paso firme.
Ni bien pasé la callecita oscura que da al Pizcu-Yaco me alcanzó, y me habló con voz baja, al oído: Me hubiera gustado darle otro fin al Boga. La figura que hablaba era alta, y con apenas verlo un momento ya se notaba su andar porteño. No se merecía, después de tanta vuelta, terminar así, pero no hay otra cosa con la vida, si te lleva como un río hay que dejarse ir.
¡Haroldo!  Era Haroldo Conti. Lo ví, lo escuché, y pasaba al lado mío. Así de alto, así de amable y conversador. Fumaba con nerviosismo. No te preocupés, Patricia, por cada cosa que pasa. La vida llega y no lo podés evitar, como a la muerte. Hubiera querido que el Boga pudiera superar el destino del río, como voy a hacerlo yo. Una repentina chispa de alegría se escapó de sus ojos severos, que  me miraban fijamente. Me sentí muy pequeña a su lado  Es máscuando lleguen los rurales ¡voy a saber cómo esquivarlos!, dijo sonriendo como un niño que tiene un plan genial y  al que confía todo su entusiasmo. Instantáneamente comprendí lo difícil que iba a ser plantearse un escape, tan difícil como cambiar el día de su asesinato. El secreto, se agachó por su estatura para decírmelo, es no dejar que las cosas se queden adentro, que salgan, como un río interior que puede al río de la vida. Entonces podrás volar y escaparte de todo lo que te persiga. Luego encendió otro cigarrillo. Pasamos en silencio frente al casino, ese pequeño mundo iluminado. Haroldo iba como pensando. Nos adentramos a las sombras, siempre hacia arriba, caminando hacia las estrellas, y su paso siguió fuerte, sonoro, porteño de tanto mundo. Creo que hubiera hecho bien en llevarlo, de alguna manera, hasta lo de la vieja de la Juncal y en especial en su cumpleaños, o que hubiese conocido al capitán Alfonso Domíguez, ¡Cojones!, y esto lo dice con orgullo. ¡Se hubiera divertido y habría conocido buena gente que vale!... Pero, en fin, por lo que veo la vida en nuestro país también sigue la corriente del río y no pude hacer nada por evitarle la desgracia.
Llegamos al final de la avenida, al cruce de caminos. En ese lugar las estrellas muestran su brillo como si fuesen de un reino celestial. Aquí nos separamos, Patricia, me dijo alzando vivamente los ojos cuando llegamos. Tomó el cigarrillo que tenía en la boca y lo tiró al piso, girando nerviosamente para mirar por un momento a sus espaldas. Después cruzó con pasos apresurados y largos y echó  a correr por la calle que da hacia el sur. Escuché, como en rápida escena, un galopar que vino fuertemente desde las sombras, atrás nuestro. Cuando Haroldo se perdía por el camino, sin embargo, veo un Ford Falcon verde, doblando aceleradamente la esquina, que lo alcanza y  entonces se frena. Unos hombres bajan y lo empujan adentro, rápidos, y todo en el lugar queda como si él nunca hubiese estado allí.
 Todavía se oye el ruido del motor y veo aún lejano al auto, perdiéndose en la noche, cuando me saludan de la otra calle, de la que va para el norte. Es Diego, un vecino, que pasa cerca de mí sin haberse dado cuenta de nada. Viene bajando para la avenida del Sol con una botella de cerveza vacía en la mano, para comprar en el kiosco. ¿Vienen amigos?, le bromeo sorprendida. Me sonríe y se aleja. No se da cuenta de mis nervios. De pronto siento nostalgias por Haroldo, y entonces, al mirar al otro  camino, el que lleva al sur, veo allá, en el aire estrellado, mucho más alto que el ladrido de los perros y las luces repentinas de las casas del barrio, su increíble figura larga elevándose por los cielos en suave planeo, apenas una sombra, con los brazos abiertos moviéndose como un pájaro. Se alejaba cada vez más al sur, tan silenciosa, que apenas podía percibirse una especie de alegre zumbido o de risas.
          Gracias, Haroldo, por dejarme estar cerca tuyo esta noche y permitirme ver el triunfo de tu plan. No sé como habrás podido escaparte. Pero eso sí, me dejaste pegado tu optimismo, aunque sea por hoy. De todo corazón, gracias…¿No te diste cuenta?. Tu Boga no ha muerto porque se ha hecho río. Tu Basilio Argimón  prefirió el aire y se ha hecho pájaro. El capitán Alfonso Domínguez se ha hecho mar y pez. Y vos, superaste tu destino manteniéndote libre aunque parecieras confundido en la corriente, como los demás. ¿Cómo será esa libertad, tan tuya? ¿Será como cuando escribiste Suceden cositas, se acumulan y producen el cambio?: ¿esa libertad que aparece si se suman pequeñas alegrías?: como en el cumpleaños de la vieja de la Juncal o la de aquella visita a tu amigo Alfonso Domínguez. A ver si me sale así a mí, de ahora en adelante, ganar un poco de esa libertad; ya nomás, llegándome hasta mi casa.
          Y Haroldo estaba cada vez más lejos. Su largo cuerpo, llevado por unas enormes alas negras, “no podía oír nada más que el zumbido de el viento”.
 
      
         

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