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Última actualización: 16/06/2009

SOMOS TERRICOLAS, ES DECIR, HABITANTES DE LA TIERRA

Una propuesta para la naturalización del entorno[1]

 
Futuro Moncada Forero
 
Alguna vez tuve la oportunidad de presenciar el amanecer en un lugar de México llamado el Sótano de las Golondrinas. Se trata de un túnel vertical producido de manera espontánea por la naturaleza, con 65 metros de diámetro y 512 de profundidad. Este hábitat es compartido por centenares de pericos y miles de vencejos (golondrinas los llaman los indígenas). En aquel lugar ocurre un extraordinario ritual de la naturaleza: cuando da inicio el día, la luz del sol se cuela poco a poco en el abismo y los vencejos abandonan el lugar en una bandada interminable que vuela siempre sobre el lado izquierdo. La enorme espiral que asciende desde las profundidades de la cueva sale en una misma trayectoria hacia el oriente, rumbo al mar que es donde hallan su alimento; al atardecer cuando el sol empieza a caer por el poniente, estas aves vienen de regreso cortando el aire como flechas, como si el gran agujero las succionara.
Otro espectáculo simultáneo llamó mi atención aquel amanecer, se trataba de un grupo de estadounidenses bien equipados para hacer un descenso con cuerdas. Sus voces resonaban en la penumbra mientras iban y venían proyectando la luz cegadora de las linternas dispuestas en sus cascos, así mismo, ajustaban con aparente seguridad sus mecanismos al borde del vacío. Con ellos había ya después de cierto tiempo algunos turistas mexicanos con lámparas de baja intensidad y cámaras fotográficas digitales. De aquella situación me sorprendía que los deportistas extremos no apagaran sus linternas a pesar de que la luz hiciera visibles los contornos de las formas, que aun antes, ya eran perceptibles con el resplandor de la luna. Pensé en la manera como la tecnología interrumpía la evidencia de que somos seres humanos y como tales, parte de eso que llamamos naturaleza.
Cuando se menciona la palabra naturaleza es como si nosotros como especie nos hiciéramos a un lado e imagináramos de repente un paisaje de postal con bosque y lago; algo adentro de nosotros parece decirnos que estamos hechos de una materia diferente, quizá por la frontera sutil que habitamos entre lo biológico y lo artificial. Hablando de artificio nada lo podía definir mejor en aquel lugar que esos hombres ensimismados preparando lo que pareciera ser el asalto militar de un territorio desconocido. En ese momento me preguntaba qué tanto las tecnologías, entendiendo esta palabra en un sentido amplio, se acomodan a nuestra vida, qué tanto recuerdan nuestra relación con el planeta que habitamos.
Todos sabemos que el ser humano ha tomado algunas manifestaciones naturales para desarrollar sus instrumentos y máquinas, así por ejemplo, el radar que interpreta la audición del murciélago o los visores infrarrojos inspirados en la percepción visual de los animales nocturnos. Sin embargo, cada vez saben menos las nuevas generaciones acerca de la procedencia de cosas tan elementales como los alimentos. Recuerdo que una amiga iba una mañana caminando con la hija de una amiga suya por el campo y quiso enseñarle un árbol de naranjas, la niña que había vivido en la ciudad durante sus 8 años de vida le preguntó que quién había pegado los frutos a las ramas. Aquellos hombres de casco no estaban verdaderamente en aquel lugar, estaban demasiado pendientes de su hazaña para estarlo, y esto lo digo sin asomo de discriminación porque tuve trato con los indígenas tének que viven en la periferia de aquel lugar. Muy pocos de ellos, casi ninguno había descendido al piso de la cueva como no fuera por contacto con extranjeros, y dudo que sea un asunto de simple tecnología. Para los indígenas resulta más importante conocer los fenómenos del ecosistema que habitan: los tiempos de siembra, los sonidos de los animales, las señales del monte. Ellos imitan con su existencia y sus acciones eso que somos de la manera más íntima: naturaleza.
Me preguntaba entonces, cuántos de los lugares que habitamos, cuántos de los objetos que utilizamos, cuántos de los mensajes que emitimos evocan las formas, los ciclos, los rituales de la naturaleza.
Las ciudades siguen algunas veces el curso de los accidentes geográficos, se ajustan a las trayectorias de los ríos, las depresiones, las montañas; otras veces plantean un orden nuevo, desconfiado de aquello que les antecede; por eso borran, deshacen lo largamente elaborado por el medio natural. La verdad es que las ciudades modernas tienen más de hiperactivos territorios tecnologizados que de asimilaciones de los ecosistemas. En ellas pocas cosas nos recuerdan este planeta como no sea el cielo cada vez menos frecuentado por la mirada citadina.
De las arquitecturas plásticas quiero referir solo tres que son ejercicios de la fantasía y de la inspirada asociación que encontraron sus autores con la naturaleza. Habló de las obras de Friedrich Hundertwasser, Antonio Gaudí, y Edward James (Plutarco Gastelum, José Aguilar). Estos artistas o arquitectos que hicieron con su trabajo obras de arte, retomando la naturaleza, la irregularidad, la simetría orgánica y la sorpresa. Construcciones desarrolladas para vivir debajo de la tierra y arriba de ella como si fueran esculturas o pinturas delirantes, parques para pasear entre las formas plásticas de los vegetales, esculturas habitables dispuestas en el contexto urbano, arquitecturas paradójicas para pensar en la manera como pensamos.
Estando con los indígenas tének de la huasteca mexicana, aparte de su mirada sencilla y su comportamiento sereno, resulta evidente la manera como sus objetos cotidianos, espacios y acciones retoman manifestaciones del entorno: colores, formas, sonidos, movimientos. Son ellos y otros como ellos, humanos más naturales debido a su interacción con el entorno.
Cuando estoy en compañía de indígenas o campesinos, se me ocurre pensar en la manera como ellos han ido integrando a su vida ese desfile desbordante de objetos producidos por la modernidad. Desde esa frontera me gustaría referir algunos conceptos que pudieran resultar interesantes a los gestores de nuevos objetos, espacios, mensajes y maneras de convivir.

Reutilización

Pienso que la reutilización, el carácter no perecedero del diseño debe recuperarse. Tal como sucede con el cuerpo que nos acompaña cada día de la vida y que por ello no puede ser considerado desechable; los objetos, los lugares, los mensajes deben obtener una cierta cualidad de permanencia. Es más difícil diseñar para la permanencia que para la contingencia.
Basta con estar pocos días en una casa campesina o indígena donde se realizan las acciones diarias con tecnologías tradicionales, para darse cuenta de la manera como los objetos allí dispuestos tienen una vida útil máxima. Aquellos que existen en el lugar son en su mayoría funcionales y tienen consigo las marcas del uso. Así mismo, algunas emisiones materiales de la industria que llegan a estos contextos son reutilizadas.
Es un hecho que gran parte del desequilibrio que generamos en el planeta sería compensable si la idea del reuso se hiciera común en nuestra relación con el entorno. Cuando vamos al supermercado compramos nuevos envases que habrán de tirarse, y a esta circunstancia se han acostumbrado los fabricantes de productos porque su competencia fundada en el lucro y obrada a través de la publicidad, no les permite pensar en nuestro destino colectivo. Es preferible, sin duda, la venta a granel, la reutilización adecuada de contenedores, muebles, vestidos, edificaciones.
Gran parte del occidente capitalista tiene una psicosis con la idea de lo nuevo, lo intocado, lo inmaculado, esto en lo relativo a los objetos recientes del comercio, y una idea muy aplomada de lo conservable mediante la institución del museo, en el caso de los patrimonios históricos objetuales y arquitectónicos, sin embargo, todavía en algunos lugares del planeta se considera lo recientemente usado como algo valorable.
Quizá en esta carrera de la hiperproducción y por supuesto del consumo sin límite, una de las ideas más devastadoras para el medio ambiente sea el objeto desechable. En aras de la practicidad y la higiene una gran cantidad de productos han multiplicado sus irrecuperables desechos, irrecuperables por lo menos en la mayoría de los países del planeta donde no existen aún mecanismos de reciclaje adecuados que contrarresten los efectos de la compra venta masiva. Creo que más a los industriales, a los inversores y sobre todo a los gobernantes, que a los mismos diseñadores, debe preguntárseles por la real necesidad de las nuevas emisiones materiales desarrolladas por la producción en serie; sin embargo, también los diseñadores debieran cuestionarse la repercusión de sus acciones.
Qué tanto necesitan las gentes de esta avalancha irrefrenable de mercancías fugaces, qué tan reutilizables y reciclables pueden ser, qué tanto participan esas elaboraciones del principio fundamental de la creación: la síntesis en las acciones y la conciencia de sus efectos para el medio ambiente. En circunstancias como estas puede pensarse en la gran cantidad de material plástico que pudiera economizar, por ejemplo, el uso repetido de una elemental mochila de tela.

Esfuerzo

El ser humano se ha establecido gradualmente como especie debido a su control racional del entorno mediante tecnologías que le han permitido desarrollar un hábitat y servirse de los recursos fundamentales para la subsistencia. Es así como el abastecimiento del agua, los sistemas de drenaje, el servicio de energía, los medios de comunicación y la amplia gama de utensilios, herramientas y máquinas que nos acompañan han transformado la relación primera del ser humano con la adversidad del medio natural. En general, los pensadores de objetos, espacios y mensajes contemporáneos, trabajan para establecer aún más la idea moderna de lo confortable, es decir, aquello que implica el menor esfuerzo muscular y de pensamiento posible. Esto, aunque puede ser visto como una exageración, genera una paulatina disfunción respecto de nuestras verdaderas capacidades. La comodidad es, en ocasiones, inhibidora del pensamiento complejo que redimensiona un problema y adecua soluciones sorprendentes por su carácter esencial. De este modo es como opera el arte, que halla en la carencia y la dificultad su más pura dimensión.
Entre los indígenas tének resulta inaplazable la búsqueda de leña para la preparación de sus alimentos. Ese problema que en las ciudades modernas se resuelve con dar vuelta a un botón, para ellos significa un sinnúmero de aprendizajes que conllevan destreza corporal, fuerza, serenidad y paciencia. Desde los niños hasta los ancianos buscan las maderas combustibles en distintos lugares de los bosques que conforman su entorno. Así es que se desplazan la distancia necesaria para hallar los leños adecuados, luego los rajan y transportan a la espalda, soportándolos con un mecate o cuerda de la parte alta de su cabeza, ayudados de una cincha del mismo material. La marcha con peso es difícil y los pasos deben ser precisos para no lastimarse.
Esta dificultad natural del entorno se nos ha olvidado en las ciudades. Los objetos y sistemas de la modernidad fueron pensados para alivianarnos la vida al punto de hacernos irreflexivos. Cada quien vive en su espacio sin cuestionarse más de lo inmediatamente necesario. En las ciudades modernas la supervivencia tiene, por supuesto, otras circunstancias, el ser humano sigue yendo de cacería pero esta vez a los supermercados; su dificultad consiste en mantener un trabajo y devengar para abastecerse de lo necesario y a veces también de lo prescindible. Con todo, la lógica de esta vida, civilizada al límite, ignora nuestra codependencia con el resto de las formas vivas del planeta. Los árboles, como ejemplo, pueden obtener, sin ayuda del ser humano, el dióxido de carbono que precisa para sus procesos biológicos, en tanto que nosotros necesitamos de los vegetales para respirar el irremplazable oxigeno. Nuestro esfuerzo consiste entonces en diseñar teniendo siempre presente la fragilidad de los ecosistemas y nuestro cada vez mayor impacto sobre ellos.

Ciclo

El ciclo es en la naturaleza una máxima sin la cual no es posible comprender el universo y por ende la vida. La naturaleza ofrece todos sus procesos mediante pares de opuestos que permiten la repetición en el tiempo de antiguos acontecimientos. Día y noche rigen la actividad, la nutrición de los seres; nacimiento y muerte, la reproducción, la regeneración de las especies. Tensión y calma, miedo y confianza, empatía y antipatía son solo algunos ejemplos de los límites fundamentales y repetitivos dentro de los cuales fluye la existencia. La producción industrial ilimitada e irreflexiva, transforma mediante el artificio tecnológico algunos de estos ciclos. La noche se convierte en un día eléctrico que extiende las actividades laborales a veces de manera excesiva, alterando los períodos de actividad y reposo de muchas personas; los sistemas de consumo mediados por la publicidad proponen vidas emocionantes en permanente actividad, que persiguen la noción simplista de la felicidad que les han vendido. Los cuerpos no envejecen como antes solían hacer, la ciencia propone vidas largas y juveniles despiertas para el consumo. Es así como el revés de la hoja desaparece: la inevitable cesación de la vida, la tristeza, el conflicto, el displacer. Precisamos de objetos, espacios y mensajes que nos recuerden, que nos confirmen los ciclos, que nos acerquen a esa relación biológica que tenemos con el planeta, con las condiciones mismas de la existencia.

Irregularidad

Las formas de la naturaleza poseen una geometría que el ser humano ha imitado desde tiempos inmemoriales. Estas formas son diversas e irregulares; no es posible hallar una real línea recta en todo el planeta. Las líneas de la naturaleza son orgánicas, curvas, digamos, femeninas. Un día no hace mucho tiempo pensé en la manera como debieron afluir mis comportamientos como resultado de las disposiciones en escuadra de las casas donde crecí. Su seca disposición con ángulos de 90 grados en todos los muros, con puertas que aíslan de manera razante los distintos espacios. No sé si extremo esta idea pero creo que incluso el pensamiento ha de salir damnificado de semejante opresión formal. Una crianza en espacios irregulares, redondeados, está más cerca, en mi entendimiento, de la plasticidad sorprendente del cerebro, de nuestras formas corporales. La marcha en la ciudad, por ejemplo, permite al pensamiento desligarse de la acción misma de caminar. Caminar en el campo exige una cierta atención porque las veredas son irregulares, cambiantes con el estado del tiempo, por ello la marcha debe ser consciente. Del mismo modo acontece con las percepciones sensoriales, tienden a ser diversas: las ramas de los árboles y arbustos generan un movimiento permanente, nuevas combinaciones de color, luz y sombra; diversos olores, texturas, sabores posibles. La ciudad muchas veces aplana, geometriza con exactitud matemática, reticulariza el espacio y los comportamientos.
En Latinoamérica la colonización española y portuguesa determinó la dominación de territorios, de antiguos lugares ya poblados, mediante la traza reticular, que es la manera más rápida de tomar posesión de un espacio sin dar cuenta de sus particularidades. Esta estructura que se repite en gran parte de nuestro territorio, conlleva una manera cartesiana de ubicarse en el espacio. Las ciudades con trazas irregulares son más impredecibles, como el paisaje salvaje permiten otro tipo de procesos mentales no solo espaciales sino de interacción.
La ciudad es el bosque artificial por excelencia y sus patrones, recorridos, circunstancias, se deben al difícil acto de coexistir en acuerdo de manera masiva. Podemos entonces preguntarnos qué tanto se parecen las ciudades al espacio originario sobre el cual se establecieron; qué tanto nos recuerdan la interacción vegetal en los bosques o selvas donde alguna vez habitó la mayor parte de los seres humanos; qué tan cercana es su apariencia formal y su trazo estructural mayor a las características culturales e idiosincráticas de los lugareños. Sería apreciable en fin, recuperar esa irregularidad que nos es connatural, en la elaboración de nuestra música, vestido, objetos cotidianos y espacios, oponiendo la, en ocasiones, extremada maquinalidad que dota de un brillo desagradable por pretensioso de la perfección, a aquellas obras posteriores al desarrollo de instrumentos tales como las computadoras. Así mismo, resulta valiosa la recuperación de la obra manual en ciertas actividades, la obra artesanal si se quiere, tan valorada en los países industrializados y desestimada en nuestros contextos entre premodernos y postmodernos.

Ascepcia

Existe en nuestras sociedades contemporáneas una curiosa noción de la limpieza. Hace unos años escuché en algún noticiero una nota acerca de la novedosa invención de un científico japonés: se trataba de una pastilla para eliminar el olor de las heces fecales. Sin asomo de sorpresa pienso que ese pareciera ser el destino de nuestro comportamiento civilizado: cada vez más desconfianza, o lo que es igual, miedo al contacto con el otro y con la ineludible condición biológica que nos constituye. Como resultado de todo esto, mayor individualización generada por jornadas largas de trabajo y el uso cada vez más personalizado de las tecnologías que mantienen a los adolescentes en sus islas musicales y a las personas cualificadas o no, prosternadas durante más horas frente a las computadoras que en contacto con otras personas. Esta precaución respecto del otro da lugar a una ascepcia física y mental: la aparición de ambientadores, jabones de distintísimas fragancias, pañuelos también perfumados, aguas de colonia para refrescarse, platos, cubiertos, envases desechables, es decir, disimuladores del olor, de la presencia propia y ajena.
Este comportamiento, cada vez más común, también nos distancia de la naturaleza. Perdemos la noción del ciclo alimenticio, del consumo energético y la eliminación de las excrecencias, que de manera contradictoria revitalizan la tierra para proveernos de nuevo el alimento. En algunos contextos rurales e indígenas la comida es colectiva, ellos comen no pocas veces del mismo plato y en ocasiones con la mano. La eliminación de los desechos corporales es también un evento sensorialmente abierto, ya que el sistema de letrinas no elimina el olor, ni lo diferencia entre las personas que conforman un grupo familiar. Este es un evento más, tan relevante como el acto de comer.
La limpieza extrema es una condición propia de los asentamientos urbanos, de hecho en ellos ensuciarse con tierra es una circunstancia poco frecuente. Las actividades, salvo algunas excepciones, son menos exigentes en lo relativo al esfuerzo físico y por ello hay un cuidado mayor del vestido y en general de la apariencia. Así es como se termina en ocasiones limpiando lo limpio; perfumando lo que tiene un olor propio, natural; refinando de manera ficticia el encuentro, la llamada relación interpersonal.

Velocidad

El resultado de los constantes avances de la tecnología es la revolución de nociones fundamentales para el ser humano como son el espacio y el tiempo; de hecho uno y otro han venido perdiendo dimensiones que antes limitaban de manera contundente nuestras acciones. Se puede decir que hoy, en pleno siglo XXI, estamos más cerca que nunca unos de otros. Las noticias, las mercancías y las personas se movilizan en períodos de tiempo tan breves comparados con hace apenas 100 años, que la espacialidad del planeta nos parece más abarcable.
Con la revolución industrial y el ascenso del capitalismo como sistema económico, apareció una competencia comercial y una acumulación de riqueza sin antecedentes parecidos en la historia humana. Este fenómeno unido al impresionante desarrollo científico del siglo XX ha producido cambios significativos en el entorno tecnológico humano. Las casas son hoy verdaderos centros de información donde es posible hallar en sistema digital una cantidad cada vez mayor de información textual, sonora, visual y audiovisual, que con el paso del tiempo resulta ser más fácil de contener, copiar y divulgar. Este devaneo vertiginoso del consumo y la posesión virtual aceleran cada vez más los sistemas de producción y permiten el acceso de más sujetos al conocimiento fractalizado y multimediático. Con todo, convendría pensar en cuánta de esa información puede consultar realmente una persona.
Si bien la velocidad de los sistemas informáticos y de comunicaciones disminuye las distancias y relaciona más fácilmente las realidades de las personas, también uniformiza a las diversas culturas bajo el canon de la cultura dominante, que es además la que produce dichas tecnologías. Esta aceleración de los medios informáticos tiene un pulso fácilmente visible en las emisiones audiovisuales cinematográficas y televisivas; en ellas se incrementa el número de planos e intercortes, o se dividen las pantallas para emitir tres y hasta cuatro informaciones simultáneas. Una verdadera neurosis mediática.
El desarrollo tecnológico está pues acompañado de la ebullición capitalista por la competencia de mercados, simplificando labores e inventando otras nuevas que con el paso del tiempo se convierten en dependencias de consumo. Así mismo sucede con la producción de alimentos que, debido al aumento permanente de la población y a la necesidad de abaratar los costos para la ingestión masiva, se cultivan o crían en condiciones diferentes a las tradicionales, no siempre adecuadas, acortando los tiempos de cosecha y sacrificio. Este frenetismo de las grandes urbes ignora por completo los ritmos de la naturaleza y afecta la supervivencia planetaria, ya que como sabemos hoy en día el 70% de la población mundial vive en las ciudades y es allí donde se toman las decisiones que rigen la política, la economía, la seguridad alimentaria y social de todos los seres humanos. El diseño debería repensar la relación de nuestra especie con el tiempo y el espacio, considerando acaso el viejo refrán latino: festina lente, apresúrate despacio, que plantea una contradicción necesaria en tiempos en los que las máquinas parecieran reinar.

Afuera - adentro

Cada vez con más frecuencia tiende uno a asociar las edificaciones con pequeñas cárceles, cuando no con jaulas. Los sistemas de seguridad se incrementan sobre todo en aquellos lugares donde la pobreza campea y la división de clases socioeconómicas se hace cada vez más irreconciliable. La vida se vuelve interior, personalizada, desentendida del otro.
En nuestros espacios urbanos es difícil ver alguna ventana sin reja. Estas rejas son llanas, , nada ornamentadas, están puestas para impedir la mirada y el acceso sin ninguna estética ni herencia formal de los contextos. Ocurre lo mismo con las fachadas que en general se recogen sobre ellas mismas. Presenciando estas incipientes fortalezas contemporáneas extraña uno el trabajo de personas como Karl Blossfeldt, fotógrafo y profesor de artes decorativas que se dedicó a recoger las formas minúsculas de la naturaleza para desarrollar ejercicios que fueran contemplados por el diseño.
Como la vida en comunidad tiende a desaparecer, cualquier persona que uno se cruce afuera de su puerta es un extraño, esto por supuesto es menos evidente en algunos barrios populares donde la gente conserva en ocasiones nexos de origen rural campesino o indígena. A propósito de esto, en la casa de un indígena tének, variante de su versión tradicional en madera, las casas en bloque y teja de zinc tienen puertas que son más convenciones que hechos contundentes. Claro que estas personas se conocen, en ocasiones, de toda la vida, pero no deja de ser interesante este comportamiento, que obedece también a una vida comunitaria en la cual se tiene poco y por ende no hay necesidad de protegerse.
Esta clara relación del adentro y el afuera debiera ser un tema de reflexión para la arquitectura urbana, porque invita a preguntarse qué tanto se cruzan las miradas de los habitantes de un lugar debido al planteamiento formal de sus moradas, qué tantos espacios colectivos existen en la periferia, qué tan amables resultan ser las fachadas de las edificaciones, qué tan acogedores los espacios exteriores, qué tantas zonas verdes o lugares para el ocio existen. Todas estas condiciones pueden traducirse en el concepto de calidad de vida y son, en mi entender, invaluables porque cambian la relación que pueden tener las gentes con el espacio y entre ellas mismas, incrementando la confianza propia y hacia los demás.

Sencillez

El comportamiento de las personas que laboran la tierra suele ser sencillo. Con esta palabra quiero decir que toman el camino de la elementalidad, la solución más eficaz de entre todas las posibles. El metate es una piedra en la cual la mujer tének hace las tortillas de maíz con la ayuda de un rodillo también de piedra que utiliza para adelgazar la masa. Después de cada preparación la mujer lava la piedra directamente en el lugar dejando escurrir el agua hasta un balde que está debajo de la mesa de madera, en cambio de sacar la pesada piedra para lavarla cada vez. El agua restante que se escurre fuera del balde es absorbida por el piso de tierra y por esa razón actividades como barrer y trapear, resultan innecesarias. Ejemplos como este resultan numerosos y se deben a la adecuación larga de seres, también esenciales en su pensamiento, a lugares naturales donde las condiciones del espacio determinan las conductas humanas.
La sencillez es una de las condiciones fundamentales del diseño; recordemos si no, ese viejo refrán zen que dice: menos es más. Me refiero con ésta frase a la manera de hacer objetos, espacios y mensajes necesarios de los cuales se puedan servir las personas para resolver de manera razonable sus problemas inmediatos.
Pienso, en fin, que a los seres humanos nos es imprescindible rehacer las relaciones con la naturaleza de manera tangible y consecuente. Las sociedades industrializadas y los segmentos de la población de países en desarrollo que disfrutan de los beneficios de la tecnologización, no podemos ignorar el largo proceso histórico que nos antecede. Es importante que el diseño contribuya a reconciliarnos con nuestra verdadera condición de seres biológicos codependientes. El diseño determina el paisaje artificial humano que se superpone al natural y es justamente en los procederes, ciclos y principios de la naturaleza donde puede surtirse de las ideas y desarrollos que hagan más posible la vida en este planeta, no solo para aquellos que pueden pagar los productos adecuadamente diseñados, sino para todos los seres que discurren en contextos rurales y urbanos.
El 80% de los recursos naturales mundiales son utilizados y consumidos por el 20% de la población, que corresponde a los países más fuertemente tecnologizados. Los fenómenos de recambio material y la vida industrializada al límite generan la depreciación rápida del diseño, que debido a la competencia comercial, se embellecen permanentemente para generar esa sensación de novedad que a veces distorsiona la verdadera finalidad de tales producciones. Los recursos naturales son limitados, por esa razón no pueden ser considerados como fuentes de lucro, ellos constituyen la garantía de la supervivencia humana y de las demás especies terrestres. En Gabón, esto como ejemplo, uno de los países más pobres del mundo, existe la única mina de donde se extrae el material necesario para fabricar los aparatos celulares. Las transnacionales de la telecomunicación expropiaron de manera violenta a los pobladores de ese lugar para apoderarse del recurso que garantizaría su crecimiento. La empresa transnacional Monsanto, otro ejemplo, ha implantado un sistema de monocultivo planetario que promueve sus intereses, imponiendo la palma africana en toda la línea ecuatorial con la ayuda de los gobiernos nacionales de los países comprometidos. Esta acción desgasta la tierra y atenta contra la diversidad biológica. No son pocas las acciones violentas de esta índole, generadas por parte de los grandes propietarios del capital para atentar contra los pequeños productores agrícolas y la población planetaria en general.
La salud del planeta, el equilibrio de los ecosistemas y el bienestar físico y mental del ser humano no pueden ser negociados en beneficio de ningún interés personal; los procesos de la naturaleza son invaluables porque ellos regeneran las condiciones propicias para el surgimiento adecuado de las nuevas generaciones de seres vivos. Las comunidades indígenas y campesinas son aún esa voz que recuerda nuestros orígenes y sin embargo siguen siendo expoliadas, invadidas y condenadas a muerte por los intereses de quienes obran solo en su beneficio.
 
Fuentes
  • Blossfeldt, Karl. Art Forms in the Plant World. Editor: Dover Pubns. 1986.
  • Macneill, John. Observations on the nature and culture of environmental history. Wesleyan University, 2003.
  • Potter, Norman. Qué es un diseñador: objetos, lugares, mensajes. Ediciones Paidós. Barcelona, España, 1999.
  • Schmied, Wieland. Hundertwasser. Editor: Taschen Benedikt .
  • Worster, Donald. Las transformaciones de la tierra. 1985.


[1] Artículo desarrollado para determinar el proyecto de investigación que vengo desarrollando para la Maestría en Ciencias del Hábitat y cuyo nombre es: Manifestaciones ecológicas aplicadas al diseño gráfico: una propuesta conceptual para el quehacer en contextos académicos y profesionales.

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