Crónicas de Vivencias » Fiesta en ElVillar, Bolivia - Elena Torres

Última actualización: 29/06/2009

 

FIESTA EN EL VILLAR
BOLIVIA
 
Querida familia; queridos amigos y amigas:
 
Con mucha alegría les comparto la experiencia que viví en El Villar, pequeña localidad distante 9 horas de Sucre por camino montañoso, la mayor parte sin asfalto. En el Villar, se realizó la fiesta en conmemoración del Bicentenario de los pueblos, que Bolivia celebró el 25 de mayo pasado.
Me adelanté tres días en viajar para disfrutar de la compañía de mi amiga Silvia, que trabaja allí, compartir un poquito con algunas personas del lugar, los vecinos, y disfrutar del hermoso paisaje.
 
Mi amiga me acerca un librito donde se narra la historia de Juana Azurduy de Padilla. Su lectura me da el marco referencial perfecto para comprender cabalmente la fiesta popular que vivimos en ese humilde lugar los días 24 y 25 de mayo. La historia de Juana, si bien ya la conocía, me abre más la mente por detalles que voy descubriendo de la maravillosa gesta libertadora que se desarrolló a lo largo de esos cerros y caminos polvorientos, de esos pueblos valerosos que ofrecieron sus vidas en busca de la liberación del poder español.
 
Juana, su esposo Manuel Padilla y sus cinco niños, tuvieron un papel preponderante en la guerra de la independencia del Alto Perú. Familia guerrillera, de profundas convicciones liberadoras, ofrecieron todo lo que tenían para la resistencia de los pueblos al yugo español.
 
Luego de la iniciativa de liberación que hace Chuquisaca en 1809, estalla la guerra.
Manuel Padilla, al mando de sus guerrilleros, la mayoría indígenas, subleva a pueblos y cantones; las autoridades realistas solicitan la prisión de toda su familia. Los esposos ayudan al ejército argentino; entregan sus cosechas y animales por la causa de la libertad, y su casa fraterna, se vuelve casa de América.
 
A Juana, el valor y lealtad de Belgrano y de su ejército, la animan a decidirse; toma las armas y se une a la lucha directa. Leo en mi libro: “En un día radiante, por el camino repleto de indios armados con hondas y makanas se fue la hermosa amazona. Aumentaba el regocijo del pueblo que la aclamaba como su redentora…La voz de que una mujer iba al combate se esparció con retumbo de eco, y a su paso salían los varones para sumarse a los guerreros y las mujeres para admirarla. Tan grande se hizo la fe y tan honda la moral, que también hubieron mujeres que la siguieron”. Y Mitre dice: “Es esta una de las guerras más extraordinarias por su genialidad, la más trágica por sus sangrientas represalias y la más heroica por sus sacrificios oscuros y deliberados. Lo lejano y aislado del terreno en que tuvo lugar, la multiplicidad de incidentes y situaciones que se suceden en ella fuera del círculo del horizonte histórico, la humildad de sus caudillos, de sus combatientes y de sus mártires, ha ocultado por mucho tiempo su verdadera grandeza, impidiendo apreciar con perfecto conocimiento de causa su influencia militar y su alcance político”.
 
Y así, la pareja guerrillera, al mando de sus montoneros hace la historia, cabalgando día y noche, por tantas comarcas, tantos pueblos, llevando en alto el estandarte de la libertad, de la dignidad de los campesinos, de los indígenas, de los niños, mujeres y hombres de este suelo... y los encontró la noche, y los alumbró el alba, los sacudieron los “surazos”… las montañas y hondonadas los cobijaron, la sombra del molle los refrescó, las fuentes cristalinas saciaron su sed…
Hacia1816 los guerrilleros no dan tregua a los españoles. El realista Pezuela se inquieta, envía dos batallones y tropas de caballería para “pacificar” la zona. A veces, los guerrilleros separan las fuerzas y luchan en lugares distintos. Los niños quedan al cuidado de parientes… cuando hay un respiro comparten en familia.
“Durante el sitio que Juana y sus guerrilleros hacen a Chuquisaca (1816, ocupada por realistas), el “pututu” de los indios (cuerno que llama al combate), de Yamparaez y Tarabuco resonaba de vez en vez. Hacia el filo de la medianoche, el griterío montonero retumbó en la ciudad, estremeciéndola de terror” (Joaquín Gantier). Tintineaban las medallas militares y las elegantes damas guardaban sus joyas entre terciopelos.
En una de las tantas huidas que Juana debe soportar, se interna a pie, en el monte… perdida en la maraña, con sus hijos enfermos de fiebre palúdica y disentería, debe tener aún un gran sufrimiento… La valerosa madre ve morir a uno de sus hijos varones, enfermo, hambriento, sediento… y cava sóla, con sus uñas, la tumba del retoño querido. Más tarde, se muere el otro hijo varón, también enfermo y muy débil.
Después, nuevamente a organizar las tropas, a templar el carácter, la lucha por la libertad de estas tierras sagradas continúa… aún no está conquistada la libertad soñada…hay que buscar al enemigo, en el centro de la tierra, en las cumbres, en los valles… o en el mismo infierno. Más tarde, se mueren también sus dos hijas.
Los esposos quedan solos… los enemigos piden sus cabezas. Siguen en la lucha: Tomina, las selvas del Cacique Cumbay, Carachimayu, Tarabuco, el cerro de Carretas…
Hasta el historiador realista dice: “La mujer del comandante Padilla desplegó tan varonil ánimo, que asistió en los ataques y servía en ellos aún dirigiendo un cañón de artillería, sin miramiento a su gravidez…” (Sánchez de Velasco).
A la orilla de un río, casi en plena batalla, asistida por dos indias, Juana ve nacer a su hija Lucía, la única que la sobrevivió, “las frescas aguas fueron el primer baño de la criatura, ella no pudo nacer bajo techo. En plena batalla, nadie abrió las puertas que Juana tocó.” Sin descansar del parto, debe huir con la niña… los realistas están cerca…
La entrada a Chuquisaca los emociona: la gente del pueblo, los humildes, los que trabajan por la libertad, los vitorean, les arrojan pétalos de rosas,…pero los “linajudos” y ricos desconfían de los guerrilleros y llevan sus alhajas de plata a los templos y monasterios para “tenerlos a buen recaudo”.
El Cabildo no acepta a Padilla para el gobierno de la ciudad, y se le ordena regresar a las provincias. Más tarde, el General Rondeau, vencido en Sipe Sipe, y antes de regresar a Salta, escribe a Padilla: “Usted que ha prestado a la causa de la Patria tan constantes y distinguidos servicios, debe ahora redoblar sus esfuerzos para hostilizar entre tanto al enemigo sin perder los medios más activos y que sean imaginables para lo que queda Usted autorizado ampliamente.
Usted, como Comandante en Jefe del Departamento que le está encargado, libre las órdenes precisas para reconcentrar oficiales y tropa rezagada y recoger el armamento”.
Padilla le responde: “… nosotros amamos de corazón nuestro suelo: y de corazón aborrecemos una dominación extranjera, queremos el bien de nuestra Nación, nuestra independencia y despreciamos el distintivo de empleos y mandos… La justicia de nuestra causa y nuestros sacrosantos derechos, vivifican nuestros esfuerzos… nosotros somos hermanos en el calvario, y olvidados sean nuestros agravios, abundaremos en virtudes…”
Juana y sus “leales” acompañada por valientes mujeres, estremecen de terror a las ciudades realistas, un chal celeste cruza su cuerpo (el color de las tropas de Belgrano). Por su triunfo en la batalla de El Villar, el gobierno de Buenos Aires le otorga el grado de Teniente Coronel (la única mujer que recibió ese grado durante la guerra).
En El Villar, combatiendo heroicamente, muere Padilla, quien cae ofreciendo su vida por la causa de la libertad que ama. “Había llegado el término de las fatigas para el óptimo espíritu del valeroso guerrero que trabajó e hizo más resistencia que los grandes ejércitos contra las fuerzas coloniales” (Valentín Abecia).
Luego vienen tristes desavenencias y separaciones entre los jefes; en vano Juana llama a la unión.
Juana viaja a Tarija, a Salta, donde es recibida con distinción por Güemes. Allí, permanece mucho tiempo ayudando a los gauchos en algunos combates.
Regresa a Chuquisaca sin que nadie la recibiera y vive muy pobre e ignorada. La anarquía también impera en esa ciudad, Juana, ya con los cabellos blancos y el cuerpo cansado, se pregunta: “¿no hizo la guerra para que sus hijos gozaran de una Patria nueva? Los doctores se dan títulos y honores… sólo gobiernan para una clase adinerada… siguen siendo “realistas” y orgullosos…”
Sin parientes ni amigos, Juana muere el 25 de mayo de 1862. Su cortejo fúnebre son un niño que la acompañó en sus últimos tiempos, y los indios que llevan su ataúd. “Los famosos claveles chuquisaqueños no florecieron para la madre de este pueblo, los estandartes de la Patria y sus banderas no llevaron crespón… y ninguna corona se depositó sobre las miserables tablas que encerraban el cuerpo de la más grande mujer de América”. Cuando alguien pide que se le hagan las honras fúnebres, las autoridades responden que “están muy ocupadas en los festejos del primer grito de libertad”. De la guerrillera que había peleado en cientos de batallas y había derrotado a tropas realistas en 33 oportunidades, ni se acuerdan…
 
Mientras me sumerjo en la maravillosa historia de Juana y su familia, me conmueve más este pueblo de El Villar, que fue uno de los cuarteles de la revolución libertadora. Recorro sus calles con casas de adobe y techos de tejas, La pequeña plaza, donde se encuentra una placa en homenaje a Padilla, la Parroquia, las escuelas, el hospital…
Los habitantes se organizaron en grupos para dejar todo listo para los festejos del 24 y 25 de mayo.
Los días claros, frescos, con diáfano cielo azul, los cerros verdes, hermosos, dan un marco paradisíaco al lugar.
Allá arriba, donde los guerrilleros lucharon valientemente, está la tumba de Padilla. Me estremezco al pensar en su cabeza clavada en una pica, hasta secarse, por orden de los realistas.
 
El domingo 24 asisto a misa. En el pueblo, se observan rostros nuevos, vehículos que llegan, un bullicio nuevo, con voces quechuas, guaraníes, cuaja el silencio acostumbrado.
Disfruto todo el día de este cuadro humano, sencillo, fresco, auténtico.
Lentamente se prepara un pequeño escenario frente a la Parroquia, un gran mural lo presenta: “Bicentenario de los pueblos: 1809-1825”. Este período marca tres hechos: el primer grito de libertad, la proclamación de la independencia de Bolivia y la epopeya desenvuelta entre ambas fechas en que miles de hombres y mujeres de esta bendita tierra, la mayoría pobres, inmolaron sus vidas por la libertad soñada.
La manera que los pueblos ponen el marco de referencia a sus vidas, me estremece ¡cuánta formación aún necesitamos los educadores! Nos falta beber más el caudal de sabiduría del pueblo, de los humildes, de los pobres, muchas veces nos encerramos en lecturas de “literatos”, sin indagar más, sin investigar cuáles fueron “las génesis” de los acontecimientos históricos.
De noche, nos reunimos frente al humilde palco, donde se realizó la “verbena”. Unas palabras de apertura por el Alcalde; me sorprendió ver a cuatro mujeres concejalas con impecables atuendos originarios. Otra sorpresa agradable: nos acompañaba el P. Rafael García… debí suponerlo… con la sencillez que lo caracteriza habló de nuestros héroes y heroínas, del servicio de los pueblos a la causa revolucionaria, de los y las mártires… de la dignidad de los indígenas, campesinos, mujeres, abuelos, niños… olvidados por la historia escrita… Rescato una frase que me impactó: “hoy, desde este pueblo de El Villar, comenzaremos a escribir la otra historia, donde no se olvide a los verdaderos protagonistas de nuestra independencia”. (comienzo a comprender mejor el sentir de estos pueblos y de esta fiesta).
 
Lunes 25 de mayo
Desde muy temprano se oyen las bocinas, la música, los tambores… el pueblo está alborotado…
Silvia, que está afuera trabajando con sus alumnos desde las 6 de la mañana entra al cuarto: ¡Elena, ya están entrando los colorados! (uno de los cuadros militares). Dejo la caliente cama y me dispongo a disfrutar este día tan inteligente y tiernamente preparado por el pueblo.
Las calles están repletas de gente de todas partes; vienen en grupos, a pie, en vehículos, a caballo…hay muchos puestos de venta de comida, ropa, frutas, maíz tostado…
Hacia las 10 de la mañana, un río humano se encamina, con música, vítores a los esposos Padilla, ondeando wipalas (el símbolo multicolor de los pueblos andinos) y banderas con carteles que indican sus lugares de origen…
Todos vamos al lugar de concentración, a las afueras del pueblo, frente a las montañas, donde eran los escenarios de lucha de nuestros antepasados. Me encanta la trasgresión con que se preparó este acto, esta fiesta popular…
Se levantaron palcos para las autoridades nacionales y Embajadores de América, Asia y Europa.; sobre el pasto, están las sillas de plástico para el público.
Camino bajo el fuerte sol, admirando el colorido humano que me rodea. La naturaleza nos abraza…aumenta mi expectativa… Los niños, prendidos a las faldas de sus madres preguntan: “mamá, ¿dónde está Evo?”.
Tres o cuatro sacerdotes están mezclados entre la marea humana, también unas religiosas y misioneros…me enternece esta humildad con que la Iglesia Institución está presente entre el pueblo: hermana, testimonial, misionera. ¿Podremos aprender definitivamente esta manera “como la de Jesús”, de caminar con el pueblo? ¿Podremos alguna vez entender completamente que la Institución no es más que el Pueblo de Dios? ¿Podremos imitar a Jesús, que sencillamente escuchaba, sanaba, elevaba la autoestima de sus hermanos y hermanas? ¿Aprenderemos, por fin, a vivir con los valores del pueblo humilde?
 
Una serena voz femenina canta: “Juana Azurduy; flor del Alto Perú; no hay ninguna mujer más valiente que tú”. Y un cantor enamorado declara su amor: “Bolivia: yo soy tuyo y tú eres mía”.
No puedo negar el placer que me embarga al percibir tanta femineidad en esta fiesta… un modelo patriarcal se resquebraja…
Repentinamente, desde los montes se escuchan fuertes voces: ¡Viva doña Juana Azurduy de Padilla! ¡Viva Manuel Padilla! ¡Vivan los héroes revolucionarios! ¡Viva Zudáñez! ¡Viva El Villar! ¡Viva Bolivia!
Las miradas escudriñan el lugar, una gran polvareda se levanta al cielo. Desde la hondonada aparecen mujeres y hombres a caballo, vistiendo sus atuendos originales; alzan las banderas y wipalas y gritan alborozados. Suben un cerro… y se pierden… Aparecen por detrás nuestro nuevamente, la polvareda los envuelve…vitorean: ¡Viva Tomás Katari!... y se pierden nuevamente…
El cantor se emociona: ¡saludemos a nuestros hermanos y hermanas! ¡Así se luchaba durante la guerra! ¡Vivan nuestros héroes y heroínas! (me dan ganas de lanzar un “sapukay”).
 
Con la llegada de las autoridades comienzan los discursos. Las comunidades, estudiantes, niños, entregan sus regalos al presidente y vice-presidente: ponchos, frutos, panes caseros, coronas de ajíes y maníes… se ve el profundo cariños que tienen por su líder.
Una dirigente campesina expresa: “Para nosotros no son 200 años de libertad. Hace más de 500 años que estamos en lucha permanente por nuestra libertad, por nuestra tierra, por nuestros derechos…y aún no llegamos a la total libertad. Y ahora, que tenemos la oportunidad de ser los protagonistas verdaderos, hay hermanos que dificultan nuestro camino.
De las palabras del Presidente y vice-presidente, destaco:
-          Existen dos grandes ausentes en la “historia oficial”: los pueblos y las mujeres, quienes fueron los que participaron y murieron por la libertad del continente americano. Fueron ellos los que inmolaron sus vidas y la historia no los nombra.
-          Hace 229 años del 1º grito libertario de estas tierras: septiembre de 1780, Tomás Katari cerca por primera vez Chuquisaca, entonces tomada por la corona española. Dos años antes, Katari había viajado a pie hasta Buenos Aires (6 000 Km.) para pedir por los derechos de su pueblo que moría de hambre y enfermedad en la “mita” y los “obrajes” Regresa con esperanzas…pero es apresado… los comunarios lo liberan. Luego, cerca Chuquisaca; cientos de miles de comunarios asisten al llamado del gran líder.
-          Los guerrilleros, los indios, las mujeres, no asistieron en el grito libertario de 1809 y cuando nace Bolivia, no se conquista la verdadera igualdad.
-          Todos los levantamientos en defensa de la tierra, fueron hechos por movimientos indígenas.
 
La caballería que nos había sorprendido, corona la fiesta desde su ubicación sobre los cerros, las banderas y wipalas ondean, brillosas… un marco perfecto para la historia de los pueblos.
Mientras se desarrollan los discursos, yo logro acercarme al costado del palco; una idea fija me anima: saludar al Presidente. Furtivamente subo unas gradas, en el rellano están los custodios…espero…por allí bajarán las autoridades…
Comienza el desfile: el Presidente y su comitiva, las comunidades, las escuelas, la caballería, músicos, bailarines, milicias…
Desde mi ubicación puedo ver desfilar las raíces aymaras de Silvia, quien es Asesora de la Promoción 2009 de la Institución donde trabaja. Otro aymara será el Padrino: el Presidente Morales.
Logro subir dos peldaños más; no me dicen nada…
Cuando baja Morales, se topa conmigo, le digo: Evo, un saludo argentino. Me tiende la mano y dice: “como no”… Apretón de mano y abrazo…y un beso en nombre de mi hermana Carmen… no puedo quejarme…
 
La mañana siguiente, El Villar retoma su ritmo habitual. Hago mi última caminata, cavilando profundamente sobre los acontecimientos vividos.
Pienso en los Equipos Docentes… ¿sabremos mirar más profundamente la historia que escribieron y escriben los pobres? ¿Nos animaremos a cumplir lo que acordamos en el Encuentro Continental de México: la integración de América latina a través de cursos sobre una reveladora historia latinoamericana? ¿o seguiremos aferrados a “historias oficiales” dejando para las anécdotas y las leyendas el protagonismo de los pueblos y de las mujeres?
En las calles, no veo niños en edad escolar, todos están en sus escuelas; los pequeños reciben una especie de beca para estudiar y existen comedores escolares.
Algunas mujeres se paran a charlarme: ¿así que usted es misionera? ¡quédese con nosotros, pues!
Me detengo ante el complejo deportivo en construcción. Un anciano, con “abarcas” (sandalias) y elegante sombrero me pregunta: ¿le habrán mostrado a Evo esta obra?
Me dirijo a la Parroquia para despedirme del cura. Escucho el llanto de un niño, sentado sobre unas piedras, tendrá apenas 3 añitos. ¿Por qué lo habrán dejado sólo? ¿Qué hago?
Una mujer pasa y le dice: ¡Ya deja de llorar! Tu mamá se fue para allá…¡andá pues! (yo olvidaba que en la comunidad, todos cuidan a los niños). La mujer continúa su camino sin mirar atrás.
Observo lo que hará el niño: medita un instante; muy tranquilo, seca sus lágrimas en el bronce de sus manos… levanta su cabeza…monta su caballo de ramita de molle y pasa raudamente a mi lado… precoz Padilla…
 
En el camino de regreso a casa tengo la oportunidad de ver de día algunos lugares donde batallaron los guerrilleros: Alacalá, Tomina, Zudáñez.
De noche, Tarabuco, Cumbati, (una de las más grandes batallas), Yamparáez…
A 3 300 metros de altura, observo la luna, recién nacida, que nos muestra el oeste, hacia donde vamos. Debajo de ella, (ya una hora antes de llegar) se divisan las luces de Sucre, en tiempos de Juana, llamada Chuquisaca.
 
Termino con unas palabras de Eduardo Galeano:
“Juana Azurduy, instruida en catecismos, nacida para monja de convento en Chuquisaca, es teniente coronel de los ejércitos guerrilleros de la independencia. De sus hijos, sólo vive el que fue parido en plena batalla, entre truenos de caballos y cañones; y la cabeza del marido está clavada en lo alto de una pica española.
Juana cabalga en las montañas, al frente de los hombres. Su chal celeste flamea a los vientos. Un puño estruja las riendas y el otro parte cuellos con la espada.
Todo lo que come se convierte en valentía. Los indios no la llaman Juana. La llaman Pachamama, la llaman Tierra”.
                                          
                                                         Elena Torres
elena_torres8@yahoo.es
                                                      Sucre, mayo de 2009
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