Cuentos » El alma de Don Fermín Romero - Carlos Cristian Italiano

Última actualización: 03/11/2009

 

 

EL ALMA DE DON FERMIN ROMERO
Carlos Cristian Italiano
 

 

 
Lo importante es la fidelidad a los valores:
cómo se vive, para qué se vive.
José Mujica Cordano
 
En el amor hay religión y la religión es la alegría de ver a los demás.
 
 
Si, hay veces, doy con el recuerdo de don Fermín Romero, será por esa sencillez y la bondad por la que, un genuino representante de las postergadas sierras cuyanas, logró dar encanto y fantasía, como si se tratase de un integrante de una mágica banda de gitanos, a humildes niños de barrios de la costa bonaerense, de tal modo que… su historia es tan antigua, que quienes hoy son viejos todavía lo recuerdan. Me remoto, para tal caso, hacia el año de 1.930, en lugares tan distantes como Mar del Plata, Bahía Blanca y Buenos Aires. Su punto de partida había sido la lejana Cruz de Caña, al sur-oeste de Córdoba, en Traslasierra; su profesión y encanto: hacer el transporte y comercio de fruta seca en cargamentos tirados por mulas. Y él también, desde que lo conocí, y gusta hablar, cada vez que vuelve a recordar, cuenta.
Apenas con siete años es huérfano de padre; fue entonces que hombres de confianza, sus nuevos compañeros, se hicieron sus maestros en el difícil arte de ganarse la vida, para él y para su madre. Antes que las primeras letras, le enseñaron a dominar las seis mulas del carro; me explicó que se las distribuía en dos filas y que había que subirse a la primera de un costado para dirigirlas en el viaje (aclarando que si el carro lleva tres mulas se le llama jardinera). Luego debió aprender a mantener el rumbo ante heladas, vientos o lluvias, buscando siempre hacia el mar y a dormir en las noches bajo el carro, allí donde hubiese pasto fresco para los animales; casi siempre llegando a Villa Mercedes, donde la llanura y el espacio interminable lo separaban aún más del refugio que dan los gustitos del hogar, como solía decir. Después, días después, entraba a la ciudad con sus fuertes compañeros, victorioso y atractivo para los niños y las amas de casa. Un simbólico encuentro de niños corriendo alrededor suyo, esperando de sus madres los dulces regalos que venían de tan lejos; novedosas y también atractivas escenas familiares que él a su vez desconocía.
De esta manera, entre su pueblo y la pampa, entre la niñez y la adolescencia, utilizó sus años hasta que llegó a la edad adulta, a la edad de hombre. Y fue precisamente en unos de esos tantos viajes, en que ya, muerta su madre, planeó sentar cabeza, o sea, a las claras, casarse. Se vio a sí mismo entonces formando una familia, instalado en un sitio con trabajo seguro y fijo, donde poder ver crecer sus niños; una familia estable y unida, que era lo único que la vida le había negado. Entonces el alma de don Fermín Romero se dirigió hacia Buenos Aires, la capital. Ya se había casado allí en su pueblo, Cruz de Caña y debió vender, para este viaje, su casa y muchas de sus pertenencias. Instalado en la ciudad recorrió contactos (viejos conocidos de sus numerosos viajes; lugareños que habían migrado antes), hizo algunas changas en la construcción,  hasta que un buen día logró, a través de un buen conocido que se había acomodado, un cargo de portero en la administración pública. Siempre incansable y honesto, virtudes asimiladas de sus antiguos compañeros, pudo así criar a sus hijos y ver la juventud de sus nietos de modo tan cercano como él quería. Pocos años antes de conocerlo había conseguido un departamento en un plan de vivienda provincial, su máxima adquisición, lo suficientemente amplio, él pensaba, como para tener cerca a todos los suyos.
Las viviendas en cuestión constituyen el denominado Barrio Pepsi, un conjunto de monoblocks descomunales, para ese tiempo ya descoloridos, que se levantan en Florencio Varela, a orillas de la ruta 2. Le dicen así por estar lindante a una planta embotelladora de Pepsi. Forma parte del paisaje característico de la zona, mezcla de fábricas y barrios con el tránsito continuo de autos y camiones de la ruta. Dentro del barrio se camina por los pasajes que dejan los edificios, mientras que las angostas paredes de los departamentos, levantadas con el ancho de un ladrillo, no bastan para guardar la intimidad de sus habitantes. En esta comunidad don Fermín Romero planeó pasar sus últimos años.
Aunque ya estaba jubilado y había cumplido con los proyectos que esperaba de su vida, conservaba su capacidad de soñar; algo que guardaría de su niñez, en esas noches estrelladas, cuando arrinconado al viejo carro, en el silencio profundo donde las mulas se permitían quejarse y corcovear, él imaginaría la vida como es, es decir, como él sentía que era en realidad. Y en un hombre viejo, ¿cómo se reconocía esto?. Porque se traslucía en sus ojos siempre jóvenes, en su buena memoria y en el sugestivo silencio, en esas ganas de seguir viajando que permite el recuerdo de lo vivido. Lamentablemente, vivía pendiente de unos cálculos en la vesícula que no podían operarse debido a una arritmia chagásica muy importante, situación grave producida quizás por el descuido de su persona en su lucha de tantos años y de las dificultades del
mucho camino andado, como a veces se justificaba. De ahí que, cada vez que sufría una infección vesicular yo, médico de la unidad sanitaria del barrio, lo socorriera y luego me ocupase de dirigir el traslado e internación urgente al hospital.
Un día, como pudiera preverse, los cirujanos decidieron que la operación era impostergable a pesar de los riesgos. Una noticia que a Don Fermín Romero no lo tomó ignorante del significado. El sabía que se le venía el último viaje, el inevitable. Pero llevaba un único recuerdo doloroso, que no demostró en ese momento,  solo delatado por un temblor muy fino en todo el cuerpo, un volverse hacia adentro de sí mismo, quizás como si fuese un niño con un frío profundo y una inmensa vulnerabilidad. Ser un hombre, tener la familia unida, ver a sus hijos crecer sin sobresaltos, puede ser un sueño, una utopía, un esfuerzo constante a qué dedicarle la vida. Aún así, no se puede retener el tiempo ni evitar que los valores de la sociedad cambien ni esperar  que ambos, a su vez, paguen una soledad de toda la vida devolviéndonos un mundo feliz. Don Fermín Romero sólo una desilusión tenía pero no quiso nombrarla.
Fui a visitarlo al hospital poco antes de la operación. Ya estaba muy delgado y con el verde de la ictericia marcándole los ojos (hoy esta es una imagen confusa pero a la vez imborrable). La respuesta inicial a la cirugía, que no tardó en hacerse, fue buena, lo que le daba la posibilidad de una aceptable sobrevida. Como no había lugar en la terapia se lo internó durante el posoperatorio en la sala de clínica médica. Pero a pesar del buen resultado y de los controles estables no despertaba de la anestesia. Habían pasado varios días. Con la esposa o algún hijo en custodia continua, la familia comenzó a preocuparse y a creer, no sin fundamento, que don Fermín estaba siendo desatendido por sus médicos.
Una tarde su mujer trajo a una señora del barrio. Yo también estaba allí, así que pude presenciar la curación que estaba por realizarse. La mujer extendió sus manos hacia él e hizo un gesto de concentración como si quisiera despertarlo con su propia energía. Sin que pudiera importar mi incredulidad don Fermín, de a poco, comenzó a mover levemente su mano derecha y unos segundos más tarde ya le temblaban los párpados. Era espléndido para todos y casual o no la experiencia fue fantástica.
Cuando tuvo voz hizo una sola pregunta, como quien sabe que ya no hay mucho tiempo para hablar: ¿Y mi nieto?… Entonces la señora respondió, como quien sabe qué contestar: “Lo volverá a ver, don Fermín, lo volverá a ver”. Poco después su corazón falló a pesar de aquél alarde espiritista y podría pensarse que todos los sueños habían concluido para él.
 
En la primera oportunidad que tuve me acerqué a su departamento del Barrio Pepsi para recordarlo. Subí las escaleras de baranda metálica con tranquilidad, sabiendo que al meterme por la puerta de la casa se perderían los reflejos del sol, que a esa hora solo alcanzaba a los pisos altos. Luego pasaría a la penumbra interior, apartada del ritmo de la calle. Así había sido siempre pero ahora se notaría más. Aunque las cosas no se dieron de este modo, para mi sorpresa. Cuando la penumbra dominaba la sala, y yo tenía temor de hablar ante la angustia de la viuda, afuera se oyeron gritos de alegría. “¡Abuelo! ¡Abuelo!”, se oyó, seguidos de saltos en la escalera, hasta que alguien abrió la puerta y finalmente volvió a entrar el sol. Y el sol en esta imagen quizá era también el nieto de don Fermín, a quien él tanto había esperado y que alguna vez lo abandonó ensombreciendo sus recuerdos. Abrazándose con la abuela preguntó: “¿dónde se metió el abuelo?, ¡recién lo ví asomado en la escalera!”. Y luego gritó: “¡Yo lo ví, yo lo ví!”, desesperado, sin creer la noticia que le daban.
Me asomé y solo puedo contar que afuera estaba el reflejo del sol, los monoblocks, la ropa colgada y mucha gente transitando la vereda. Pero su nieto lo había visto ahí, arriba, en el descanso al tope de la escalera, saludándolo con la mano en alto y con su más afectuosa sonrisa. Se habían visto por última vez; el viejo Fermín lo esperó.
Nunca quise enterarme del comienzo de la historia Pero comprendí que don Fermín Romero había vuelto por fin a su propia libertad; la libertad de la pampa grande, la de echar andar sus mulas, repartiendo sus frutas y sus nueces a las damas y a los otros niños, respirando profundamente el aire, venciendo al viento y a la lluvia en los caminos, con la satisfacción de haber podido ver juntos a todos los suyos.
 
 
 
(Una vez, cerca de un pueblito de Buenos Aires, se nos murió una mula no sé de qué. De ahí que tuvimos que seguir con cinco, nomás. A la que se murió la enterraron mis compañeros cerca del camino. Al año pasamos por el mismo lugar, yo ya me había olvidado. Pero las mulas se volvieron como locas, encabritadas, mi doctor. Las tuvimos que soltar…¡nos iban a romper todo! Y se fueron nomás donde estaba la otra mula enterrada, y se quedaron ahí quietas, mansas, como husmeando… Luego las prendimos al carro y seguimos todos tranquilos. ¡Si se parecen a las personas!¿usted qué dice, mi doctor…?)
 

 

 

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